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Crónica: 23 kilos en una maleta, muchos sueños y una salida tumultuosa

Podría haber sido un día cualquiera de mayo. El sol estaba radiante, los pájaros no habían dejado de cantar y las sábanas estaban igual de cómodas pero, esa jornada particular era diferente, marcaría un rumbo definitivo sin vuelta atrás.

Gabriella estaba sentada en su casa junto a Alejandra, una de sus mejores amigas, empacando la ropa en una forma particular para no hacer tanto peso; los 23 kilos que le permitiría la aerolínea no eran suficientes para guardar todos sus objetos, muchos menos sus recuerdos, sus amigos, su casa donde vivió los mejores años de su vida, sus amores del pasado y el que aún estaba latente.

Esos minutos previos antes de partir hacia el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Caracas eran tensos. La guitarra de su mamá, el único recuerdo que le quedaba de ella, no cabía en esa maleta y tampoco tenía el dinero suficiente para pagar el sobrepeso, por lo que decidió dejarla junto al teclado que le había comprado su papá a su hermana mayor.

En la maleta tampoco cupieron las fotografías, pero la de su memoria estaba intacta. Ese cumpleaños en el que bailó hasta el amanecer con sus amigos, aquella vez que se enamoró en el transporte de la universidad o cuando un compañero de clases le quitó el aliento para más nunca devolvérselo. También las idas a las playas de Aragua o Carabobo, las visitas dominicales a casa de su abuela, las caminatas eternas hacia la universidad, las risas de sus compañeros de clases, las tardes de series con sus hermanas, los pastichos de su mamá, las torrejas de su abuela, los correteos por toda la casa, las travesuras jamás contadas, la primera vez que se emborrachó…

Los minutos pasaron mientras la melancolía se hacía cada vez más presente. No hubo mucho tiempo para decir adiós, ni mucho menos para llorar. El taxi había llegado y un vuelo con destino a Madrid esperaba.

Pese a todo, la compostura se mantuvo, hasta que el taxi se quedó varado en plena autopista Regional del Centro, sentido La Victoria, por falta de repuesto. Sí, el día que Gabriella decidió dejar atrás su vida, Venezuela le daba otro motivo para marcharse, entre tantos que tuvo como la falta de oportunidades laborales, las constantes idas de luz, la inexistencia del agua, la hiperiflación, la inseguridad y el atraco sistemático hacia sus esperanzas.

Dos horas se retrasó su ida a Maiquetía, razón por la que casi pierde el vuelo. Otro taxi la rescató manejando a 200 kilómetros por hora para llegar a tiempo, pero otro problema se iba a presentar en el camino.

Al llegar, funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) la detuvieron para hacer pruebas antidrogas. Lo que no esperaba Gabriella es que la iban a escoltar 10 efectivos fuera del aeropuerto para llevarla al Hospital José María Vargas para realizarle una placa sin su consentimiento. En ese trayecto de 20 minutos muchas cosas le pasaron por su cabeza como que quizás la iban a secuestrar, detener o, incluso, abusar física o psicológicamente de ella.

Un ángel se le cruzó en su camino. Uno de los efectivos quiso ayudarla y decidió parar el avión para que la esperara y le devolvió el pasaporte pese a la negativa de sus compañeros. Ahí Gabriella se dio cuenta que todavía existía gente buena, que no estaba todo perdido en su país y, que quizás algún día podría volver en libertad, esa que le fue negada en Venezuela.

Tras un largo viaje de ocho horas, Gabriella llegó a Madrid. Las ilusiones estaban a flor de piel, las ganas de comerse al mundo eran más inmensas que Rusia, pero el miedo estaba ahí. ¿Cómo se mete una vida en 23 kilos de equipaje? Se preguntó en muchas oportunidades, hasta que obtuvo una respuesta: simplemente no se puede, te reinicias, cambias para bien o para mal, te desconstruyes, entras en un estado de negación para luego aceptar tu nueva realidad.

Gabriella ya no era la misma y le tardó mucho tiempo entender que no estaba mal cambiar, que todo habla de la evolución y que las cosas llevan su tiempo. Emigrar es desprenderse de todo, es pasar muchos momentos de soledad, es llorar en silencio mientras aguantas como una pera de boxeo todos los golpes inimaginados, pero también emigrar significa crecimiento, conocer culturas maravillosas, aprender un nuevo idioma, maravillarte con las pequeñas cosas de la vida y, apreciar aún más, a quienes nunca te abandonaron en el camino.

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